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sábado, 26 de abril de 2014

Brillantes suspendidos

Salí temprano de mi casa... bah, era la madrugada de este lunes frío que aunque no comienza el invierno si se siente ese aire helado que nos pronostica que esta pronto a llegar. Como decía, salí temprano de Alvear rumbo a Mendoza, la capital de mi provincia, a un congreso al cual me mandaron desde la institución donde estudio. Como siempre me pasa cuando viajo en colectivo, ni bien arranca el motor, me acomodo en mi estrecho... muy estrecho asiento...piernas dobladas tratando de encajar en el pequeño espacio debajo de mi asiento trasero, hacia un costado, hacia el otro, probando encontrar ese rinconcito aplastado en la butaca donde intento mantenerme cómoda pero que resulta poco probable; y pruebo dormir... aunque sea unas horitas, unas eternas 4 horitas que dura el viaje. Desde luego uno no duerme en los viajes, de alguna manera se las ingenian para mantenerte en posiciones extrañas en las cuales se dificulta el descanso.
Hacia mucho tiempo que no viajaba a Mendoza, ya en una parte de mi corazón lo extrañaba. Antes, uff, antes si, iba y venia mucho por esos rumbos, ya me conocía el paisaje de memoria. ¡Y como para no hacerlo! Si es puro monte llano con algunas salpicaduras de hierbas rastreras, secas, sin chiste, un par de animales nocturnos que se animan a salir a lo salvaje... si total no habita nadie por estos rumbos, ¿A que le van a tener miedo pobres animalitos de Dios? Pero ni depredadores deben tener las pobres bestias! Así está la cosa por el camino, solo un par de ronquidos se escuchan de vez en cuando dentro del colectivo.

Tan silencioso es todo, tan cercano se ve el cielo que siento estar en una burbuja de aire, sola en medio de la nada, de esa basta inmensidad que es la naturaleza de los montes, no queda remedio que pensar sobre la vida. Y me distraigo con eso, y vuelan mis pensamientos hacia rutas remotas de mi memoria, buscando no se que anaqueles donde guardo, tal vez, alguna imagen, algún olorcito a viajes. Tanta nostalgia me adormece, prefiero cerrar los ojos y dormir para no dejar paso a una lágrima que pretende fugarse y no se el por que. Quizás extrañe algo, pero ya no se que es.
De golpe prenden la luz que me da directo en los ojos, como un rayo de sol penetrante en mis pupilas tímidas por el sueño, no queda otra que despertarse, a los tumbos, de a poco, lanzando alguna puteada interna al idiota que prendió la luz tan de golpe. Es en es instante... mágico instante... en el que miro por la ventanilla y me encuentro con el paisaje más bello que se puede observar a esta altura. Me quedo absorta mirando y me sale decir: ¡Qué bonita es Mendoza de noche!
Las luces aparecen agrupadas, una tras otra brillando contra el negro cielo de la madrugada, se me antoja que parece una corona de piedras preciosas. Se respira tanta magia, se siente en el aire esa magia de duendes del vino, encendiendo los faroles de la noche, una a una las estrellas se confunden con el brillo de la ciudad. La corona está lista, resplandece esperando una nueva soberana, reina de la vendimia.. y los duendes, esos traviesos que se esconden tras los toneles de roble siguen prendiendo las farolas de la noche.
Mendoza es así... tan llena de vida en marzo!!! Extranjeros por aquí, turistas de provincias vecinas por allá... En la plaza Independencia se ven magos, artistas callejeros, músicos de blues o jazz; por la peatonal la música envuelve el aire en tonadas y no hay forma de evitar que todo esto te ponga la piel de gallina.
Y las tonadas.... tan propias de aquí, tan mezcladas de malbec, cabernet o merlot, gente de antaño desempolvando recuerdos en un coro mendocino, alguno se anima a dar unos pasos bailados, unas vueltas simulando ser una cosechadora que festeja el fin de una jornada.
Pronto, Mendoza se vuelve un desfile de mujeres hermosas, de reinas, de majestades en sus carros adornados con racimos de uva, con rayos de sol iluminando la noche de un desfile donde nadie, ni ancianos, niños o extranjeros deja de imaginarse como MENDOCINO.
La alquimia no termina, esto dura todo el año. Luego vendrá otoño y ya lo dice la canción: "No es lo mismo el otoño en Mendoza, hay que andar con el alma hecha un niño". Se adueñan del paisaje los dorados, los naranjas, el suelo es una alfombra crujiente de hojas que marcan el camino a un paraíso eterno. El sol se vuelve una moneda de cobre, maquillando los álamos en tonos rojizos anaranjados, tiñendo las nubes de colores cálidos entre amarillos y dorados.
No se puede quedar atrás el invierno... Las montañas nevadas son la postal perfecta de esta tierra del sol y del buen vino. A lo lejos, el manto blanco se posa suavemente sobre los caminos, como un hada transparente, una dama que acaricia las caras de las montañas como una madre. Y la tiara de diamantes que la noche corona la ciudad se hace más viva, más cercana... te dan ganas de estirar las manos y tomar en tus manos un pedacito de cielo!
Vuelve la primavera tornando de colores los parques y las plazas, llenando de luces frescas las mañanas, de lloviznas mojando los bancos y las hojas que han vuelto a nacer. Nace la nueva vida, comienza a vivir la tierra. Es hora de dar gracias a la pachamama por tan excelente renacer. Flores y perfumes de frutales, adornando las calles, las fincas... todo es luz y color y armonía y alegrías!
Y esta es Mendoza.... una tierra que se adueña del alma en cuanto un pie toca su postal, y te atrapa, atrapa tus sueños y los hace propios, y los torna reales y es por eso que Mendoza tiene magia y duendes y hadas escondidos en el vino, en la tierra, en las cosechas y en la gente... En la gente que tiene las marcas de la vida en su rostro fundidos bajo el sol y las manos callosas de labrarse la vida. Esa es Mendoza y esa es su historia.

Gabriela Chiapa

Espero les haya gustado...



Besos... Ga!